David, Laura y la casita en la montaña

La boda de David y Laura estaba prevista para el 6 de Septiembre de 2014, el cumpleaños de ella, pues se comprometieron el día del cumpleaños de él. Querían una boda atípica, un fin de semana entero, en una casa rural, con una foodtruck de las que ahora ya tanto están de moda sirviendo crepes, decorada con muchos detalles… Encontraron todos los proveedores, se pusieron con los preparativos y un par de meses antes surgió el dilema. Llevaban tiempo buscando una casita en la montaña para ir a vivir, y justo entonces apareció la casa perfecta, un sueño hecho realidad. Pero el presupuesto no llegaba para todo, así que tenían que decidir: o la boda o la casa.

Perdieron todo el dinero que habían adelantado para reservar los distintos proveedores… pero consiguieron la casa de sus sueños, y un año después ¡celebraron allí su boda!

Hoy os la presentamos aquí, la fiesta del amor de David y Laura, es decir, ¡nuestra boda!

 

Era un verdadero reto organizar una boda en medio de la montaña, con una mini casita en un terreno abandonado y no preparado para este tipo de eventos. Fueron muchos meses de trabajo duro, desde podar pinos a construir escaleras, hacer un llano a pico y pala o reformar la casa.

Además el presupuesto que nos quedaba para la boda era muy bajo, con todos los gastos que habíamos tenido con la compra y reforma de la casa nos quedamos con unos 3000€ para organizarlo todo.

Acostumbrados a las cifras de otras bodas seguramente pensaréis que con ese presupuesto no da para mucho, y aunque es cierto que hubo que ceder en algunas cosas y priorizar otras, mi capacidad como wedding planner para organizar todos los detalles y cuadrar el presupuesto se puso a prueba mas que nunca. ¡Y el resultado fue una boda infinitamente mejor que la de nuestros sueños!

 

La celebración era por la mañana y los invitados estaban llamados a las 11h para la ceremonia. En las invitaciones incluimos un mapa para saber llegar y el dress code: cómodos y de colores claros.

Conforme iban llegando, varias señales y carteles les indicaban donde ir. Los hicimos nosotros mismos, con pizarras, maderas y palets reciclados. Y ya que la ceremonia era al aire libre, a mediodia y en un mirador sin sombra, preparamos para los invitados gorros, pamelas y paypays por si hacía mucho calor.

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Podíamos haber elegido otro sitio para la ceremonia, ya que para preparar ese espacio nos pasamos meses allanando el terreno a mano, pero si habéis visto las vistas entenderéis porqué tenía que ser ahí…

También preparamos unos botecitos de olivas arbequinas, cosecha de nuestros propios olivos, que los invitados se llevarían como detalle junto a los sombreros y paypays.

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Mientras, en la casita, David y yo nos acabábamos de arreglar. Habíamos ido juntos a elegir su traje: camisa y pantalón de lino de Zara y menorquinas blancas. En el último momento me sorprendió con un detalle que me encantó y le acababa de dar el toque a su look: la pajarita!

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Mi vestido era hecho a medida, lo había encargado ya para la boda que cancelamos el año anterior, pues tenía muy claro lo que quería: escote halter, tela de encaje, espalda descubierta, cintura marcada, falda con volantes y sin cola.

Dimos mil vueltas hasta encontrar la tela perfecta, y aunque David sabía cómo iba a ser el vestido y me acompañó varias veces, no lo vio terminado hasta ese mismo día. Justo antes de la ceremonia, nos fuimos a un rinconcito que decoramos con un tipi de estética bohemia, hecho con troncos igual que el fondo del altar, y nos vimos por primera vez vestidos de novios (el cada vez mas famoso “first look”). Ahí se me escapó ya la primera lagrimita de muchas ese día.

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En cuanto a los zapatos, como no me gustan los tacones y además la boda era en la montaña, lo mas importante era la comodidad, y tras mucho mirar encontré unos preciosos y comodísimos de Pedro Miralles.

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Del maquillaje se encargó mi madre, que durante años se dedicó a ello. Y en cuanto al peinado, un sencillo recogido que me hice yo misma pero con un detalle muy importante: una gardenia blanca que mi abuela llevó en la boda de mis padres. Era mi homenaje a ella, mi “algo prestado”.

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A nuestra entrada, mi hermana y cuñado, violinista y clarinetista, tocaron para nosotros dos canciones que se habían preparado para la ocasión: a la entrada de David sonó el tema principal de Juego de tronos (momento freak!) y yo llegué del brazo de mi padre con el tango “Por una cabeza”.

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La tía de David ofició la ceremonia y nos leyó un texto que elejimos para la ocasión: “El arte del matrimonio” de Wilferd Arlan Peterson. Os dejo un extracto:

“El matrimonio es tener un sentido mutuo de valores y objetivos comunes, es pararse juntos enfrentando al mundo. Es formar un círculo de amor que se alimenta en toda la familia. Es hacer cosas para el otro, no en la actitud de servicio o sacrificio, sino en el espíritu de gozo.”

Luego el padrino, amigo de David, y la dama de honor, mi hermana, nos dedicaron unas palabras. Hubo risas, lágrimas, aplausos y abrazos. Fue una ceremonia muy emotiva, divertida y cercana.

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novio llorando

 

Como ya estábamos realmente casados desde hacía un año (la boda oficial, en el ayuntamiento, no la aplazamos), ya teníamos nuestros anillos, así que entre las diversas tradiciones y rituales para representar nuestra unión escogimos plantar un árbol, un olivo en este caso, pues siendo nuestra propia casa no había mejor manera de dejar un recuerdo para siempre de aquel día.

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Para acabar, nos dedicamos unas palabras improvisadas, entre lágrimas de felicidad por la emoción del momento, hasta fundirnos en un beso ante el aplauso de los invitados.

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Y… a comer!! Mientras Roger Bessó nos hacíamos algunas fotos en pareja por la finca, los invitados disfrutaron de un aperitivo con vermut mientras empezaban a descubrir los rinconcitos que habíamos preparado para recordar e inmortalizar el día: una mesa de firmas y el photocall.

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La comida se sirvió tipo cóctel, a lo largo de tres mesas imperiales con gran variedad de platos. Como no teníamos una gran cocina y el presupuesto era tan ajustado, adaptamos el menú y algunos platos los trajimos ya preparados, como el rico bacalao “esqueixat” de mi madre, los canapés de mi suegra o las quichés que preparamos nosotros mismos la noche antes. Y para el servicio, contamos con la ayuda inestimable del Plat a Taula, que hicieron un trabajo impecable montando, sirviendo y cocinando en la barbacoa los platos calientes.

La capacidad de adaptarse a las circunstancias es lo que hace grandes a los profesionales, y en este caso fue gracias a ellos que el convite fue un éxito. Mil gracias Caribel y Josep.

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La guinda del pastel, nunca mejor dicho, fue la mesa de postres, con un carrito de madera que hicimos a mano semanas antes y el enorme surtido de dulces que preparó mi cuñada: cupcakes de chocolate, café y limón; maicenitas con coco, galletas, brownies y una deliciosa tarta “naked” de chocolate y mousse de frutos rojos. ¡Menuda repostera!

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carrito candy bar

 

Y para acabar el día, ¡fiesta! Abrimos el baile con una bachata muy especial para nosotros, pues nos enamoramos coincidiendo en clases de baile… Y tras ese momento especial, el resto de invitados se añadieron a la fiesta que duró hasta el anochecer, con lanzamiento de los novios a la piscina incluido! :P

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fiesta boda

 

Y así es como, tras quedarnos sin presupuesto y aplazar la fecha, tuvimos una boda mejor de lo que habíamos planeado en nuestra propia casita de la montaña.

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